La Paz es, a ojos del viajero,una ciudad complicada, caótica incluso, pero sería un error una descalificación así en virtud de nuestras propias reglas, porque aquí se juega con otras. Su gente es tremendamente laboriosa, amable y educada, pero todo eso no resulta suficiente para proporcionarse unos niveles mínimos de calidad de vida. Esta ciudad bulle con personas que andan de aquí para allá ocupadas en mil quehaceres. Entre esa muchedumbre destaca siempre la presencia de las cholitas, las mujeres de cultura quechua o aymará ataviadas con sus polleras multicolores y el sorprendente bombín. Cargan siempre con enormes fardos -a veces más voluminosos que ellas mismas- repletos de las más variadas mercancías e, incluso, algún bebé.
Pero, además de la descontrolada polución, se respira una pobreza ancestral que no parece conducir a ninguna parte. Esto implica la existencia de muchos edificios y zonas enteras de la ciudad muy deterioradas, pero también conserva algunos hermosos vestigios de su pasado colonial. Algunos de ellos los encontramos en la plaza de Murillo (la catedral, el Senado y el Palacio Presidencial) con el monumento a Pedro Domingo Murillo en el centro.
También es un foco de actividades popularesy de convivencia ciudadana la Plaza de San Francisco, presidida por la basílica dedicada al santo de Asís, aunque es, sin duda, la calle Jaén la que mejor conserva el estilo y sabor colonial en sus edificios.
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